Investigadores argentinos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) avanzan en el desarrollo de polímeros naturales y biodegradables que podrían reemplazar pronto los plásticos derivados del petróleo utilizados en agricultura y empaque de alimentos, según el equipo que trabaja en el Laboratorio de Membranas y Biomateriales del Instituto de Física Aplicada (INFAP).

Menos de dos años después de lanzar la fase más ambiciosa del proyecto, el grupo —dirigido por el físico Dr. Nelio Ariel Ochoa y la especialista en materiales María Guadalupe García— perfecciona películas y recubrimientos derivados de fibras vegetales, residuos de frutas y biopolímeros de origen animal. El objetivo es proporcionar a agricultores y procesadores de alimentos alternativas que cumplan las mismas funciones que el plástico convencional pero que se descompongan naturalmente una vez finalizada su vida útil, según confirmaron los investigadores en entrevistas y en un resumen de avances publicado por CONICET. La cobertura independiente del esfuerzo subraya su ambición de “reemplazar derivados del petróleo con biodegradables“.

El impulso responde a una creciente crisis de plásticos en el sector de horticultura intensiva de Argentina. Cada temporada, los agricultores despliegan miles de hectáreas de mulch de polietileno de bajo costo para controlar malezas y conservar humedad. Al momento de la cosecha, la mayoría de este material está demasiado contaminado para reciclar, por lo que es quemado, enterrado o dejado fragmentarse en los campos. Al diseñar películas de mulch que se descompongan naturalmente después de un ciclo de cultivo, el equipo de INFAP espera eliminar un paso costoso en la disposición de residuos y frenar la dispersión de microplásticos en valles fértiles que abastecen gran parte de los tomates, pimientos y frutos rojos del país.

Los investigadores describen una estrategia de desarrollo con dos ejes. En primer lugar, analizan el desempeño mecánico y térmico de polímeros de base vegetal —como almidones y celulosa— luego los mezclan con biopolímeros de origen animal como caseína o quitosano para ajustar la flexibilidad y resistencia a los rayos ultravioleta. En segundo lugar, calibran las tasas de degradación según las condiciones locales del suelo y clima, asegurando que las películas persistan lo suficiente para proteger las plántulas antes de que los microorganismos del suelo descompongan el material en agua, dióxido de carbono y biomasa.

Aunque el mulch es el objetivo inmediato, el laboratorio también prueba prototipos de empaque activo para alimentos que combinan funciones de barrera con propiedades antimicrobianas. Las bandejas o envolturas de plástico convencional típicamente preservan la frescura sellando el oxígeno y la humedad; sin embargo, muchas requieren aditivos o laminados multicapa que complican el reciclaje. El grupo de CONICET en su lugar incorpora aceites esenciales y extractos naturales directamente en matrices biodegradables, creando envases que tanto protegen los productos como inhiben organismos causantes del deterioro sin conservantes sintéticos. Ensayos preliminares en fresas y verduras de hoja verde muestran extensiones de vida útil comparables con el empaque de base petroquímica, reportaron los investigadores.

Una tercera línea de investigación se enfoca en portadores de liberación controlada para biofertilizantes. Al encapsular microcápsulas de degradación lenta alrededor de bacterias benéficas o nutrientes, los científicos pueden regular su disponibilidad en el suelo, apoyando sistemas de producción agroecológica que evitan los picos químicos asociados con fertilizantes sintéticos. Ensayos de campo en el centro del país registraron una asimilación más uniforme de nutrientes y filtraciones reducidas, lo que indica que las cápsulas podrían ayudar a los agricultores a cumplir con regulaciones más estrictas sobre escorrentía.

El Laboratorio de Membranas y Biomateriales ha cultivado esta experiencia durante cuatro décadas. Fundado en 1983 por el químico físico José Marchese para explorar separación industrial por membranas, la unidad gradualmente se reorientó hacia materiales de base biológica conforme los flujos de residuos y microplásticos emergieron como preocupaciones urgentes. Hoy su equipo multidisciplinario de químicos, ingenieros en alimentos, biólogos moleculares y físicos colabora con universidades regionales y empresas agroindustriales a través de contratos de transferencia tecnológica supervisados por CONICET. Las asociaciones suministran residuos vegetales, equipos para pruebas mecánicas y extrusoras a escala piloto, acelerando la transición de experimentos de laboratorio a lotes precomerciales.

Aunque los polímeros biodegradables han capturado titulares a nivel mundial, la adopción comercial se ha rezagado, en parte porque muchos productos iniciales requerían instalaciones de compostaje industrial indisponibles en zonas rurales. García señala que el proyecto argentino está diseñado explícitamente para degradación in situ bajo condiciones ambientales ordinarias en campos, ampliando el atractivo para agricultores. “Nuestros materiales deben funcionar en suelo común, sin tratamiento especial”, manifestó a colegas durante un briefing reciente en el laboratorio.

La alineación regulatoria es otro pilar de la iniciativa. La Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de Argentina está redactando normas que eliminarían plásticos de un solo uso en mercados de productos frescos e incentivarían alternativas de base biológica en operaciones agrícolas. Al generar conocimiento doméstico y una cadena de suministro local, argumentan los científicos de CONICET, el país puede evitar importar bioplásticos costosos mientras abre nuevos ingresos para procesadores agroindustriales ansiosos por convertir subproductos —como mazorcas de maíz o cáscaras de cítricos— en bienes de mayor valor.

De tener éxito, el proyecto también podría reducir emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas a la huella de plásticos de Argentina. Los polímeros convencionales derivan del gas natural o petróleo y generan carbono en cada etapa, desde la extracción hasta la incineración. Evaluaciones de ciclo de vida realizadas en INFAP estiman que reemplazar plásticos fósiles por películas de base vegetal solo en horticultura podría reducir las emisiones de todo el sector en un 30 por ciento en un horizonte de cinco años, dado el área actual y las tasas de adopción proyectadas. Los ahorros precisos, sin embargo, dependerán de las fuentes de energía de manufactura y el destino final de los materiales.

El esfuerzo de investigación recibió un impulso a fines de 2025 cuando CONICET asignó fondos adicionales para escalar la producción de prototipos, un hito destacado en la cobertura de medios especializados sobre la “investigación pionera de CONICET dirigida a reemplazar derivados del petróleo con biodegradables”. La inversión financia una línea de extrusión semiindustrial capaz de producir varios cientos de metros cuadrados de película de mulch por día —suficiente para ensayos agronómicos lado a lado en múltiples provincias.

Los científicos advierten que quedan obstáculos técnicos. Los biopolímeros típicamente son más sensibles a la humedad y el calor que el polietileno, generando preocupaciones sobre la integridad de la película durante el transporte y almacenamiento. Para abordar esa debilidad, el equipo experimenta con estructuras multicapa que intercalan una capa de barrera de humedad entre dos capas biodegradables externas, todas elaboradas con ingredientes compostables. También están probando plastificantes naturales que mejoran la flexibilidad sin socavar la vía de biodegradación.

Las partes interesadas de la industria observan con atención. Un consorcio de productores de hortalizas del corredor de Mar del Plata se ha comprometido a aplicar las películas experimentales en 20 hectáreas de filas de tomate en la próxima temporada, monitoreando la supresión de malezas, la temperatura del suelo y la descomposición de residuos. Si el desempeño coincide con las métricas de laboratorio, los productores podrían expandir el uso diez veces al año siguiente. Programas piloto paralelos están previstos para granjas de frutos rojos en Patagonia y para productores de hierbas en Tucumán.

Análisis de apoyo

El proyecto argentino se alinea con un giro global hacia economías circulares de base biológica pero se destaca por su enfoque estrechamente integrado: combinando ciencia fundamental de polímeros con criterios de desempeño específicos de cultivos y utilización de materias primas locales. Europa y partes de Asia han comercializado plásticos certificados como compostables, pero muchos requieren compostadores de alta temperatura poco comunes en el Sur Global. Al diseñar materiales que se degradan en suelos ordinarios, los investigadores de CONICET están abordando un vacío que ha limitado la adopción en mercados emergentes.

Además, la iniciativa ilustra cómo las instituciones de investigación pública pueden aprovechar corrientes de residuos agrícolas —a menudo quemados o enviados a rellenos sanitarios— en insumos de valor agregado para tecnologías verdes. Si se replica, programas similares podrían fortalecer el ingreso rural, reducir la quema en campos abiertos y disminuir la dependencia nacional de polímeros importados, todo mientras reduce la huella ecológica de dos sectores intensivos en recursos: la agricultura y la distribución de alimentos.

Los desafíos persisten, notablemente la competitividad de costos con plásticos fósiles abundantes y subsidiados, así como la necesidad de etiquetado claro para que productos biodegradables no se mezclen inadvertidamente con corrientes reciclables. No obstante, el caso argentino demuestra que inversiones dirigidas, equipos multidisciplinarios y asociación con usuarios finales pueden acelerar la maduración de soluciones en bioplásticos adaptadas a realidades ambientales y económicas locales.

Conforme los ensayos se escalen e incentivos regulatorios se consoliden, las próximas temporadas revelarán si estos biopolímeros de origen nacional pueden resistir presiones comerciales y variabilidad climática. El éxito agregaría a Argentina a un puñado de países que suministran plásticos creíbles que se degradan en campo —avanzando no solo objetivos nacionales de sustentabilidad sino también esfuerzos más amplios para frenar la marea de contaminación por microplásticos en el Hemisferio Sur.

Fuentes

  • https://noticiasambientales.com/innovation/goodbye-plastics-the-pioneering-conicet-research-aiming-to-replace-petroleum-derivatives-with-biodegradables/