El verano de 1935 amanecía abrasador en la Confluencia del río Negro cuando cuadrillas enteras de cosecheros se reunieron a la sombra de grandes sauces para hacer algo inédito hasta entonces en el país: empacar peras y manzanas directamente en el mismo chacral donde habían madurado. La tarea, coordinada por la firma porteña Peluffo, marcó el inicio de una modalidad que durante tres décadas definiría el pulso económico, social y cultural de la Norpatagonia.

A primera vista, el método —tablas sueltas, clavos, cajones de madera y un mar de fruta perfumada— podía parecer rústico. Sin embargo, sentó las bases de una cadena agroexportadora que terminaría transformando un desierto irrigado en uno de los polos frutícolas más importantes del hemisferio sur. Documentación del Museo Ferroviario de Cipolletti, crónicas orales de cosecheros veteranos y registros de ingenieros agrónomos reconstruyen aquel engranaje pionero que incluía desde la selección manual bajo ramadas hasta los viajes en carros y camiones Ford modelo T rumbo a los mercados nacionales.

Mucho antes de que los empaques mecanizados, los bins plásticos y las cámaras frigoríficas conquistaran el valle, la necesidad imperiosa era simple: sacar la fruta del árbol y enviarla al consumidor antes de que el calor la estropeara. El relato de Ernesto Poblete —octogenario de Allen que comenzó fabricando cajones cuando apenas llegaba al mostrador de la carpintería— confirma que, frente a la falta de instalaciones fijas, las chacras se convertían en improvisados talleres de empaque. Aquella práctica, además de resolver la logística, integraba familias y vecinos en una coreografía agotadora pero festiva, que llenaba de actividad las márgenes del río durante todo enero.

La primera experiencia documentada

El dato más preciso sobre el punto de partida aparece en los archivos del antiguo establecimiento La Mayorina, propiedad de Augusto Mengelle. Según los registros históricos y la memoria colectiva, fue allí donde la firma Peluffo de Buenos Aires realizó el primer embalaje de fruta directamente en chacra, hecho consignado en un reportaje del diario Río Negro Tiempo de cosecha de 2023. La escena fija en la retina una postal: tablones apoyados sobre caballetes, pilas de cajones vacíos esperando su carga y cuadrillas que medían cada pieza a ojo desnudo para clasificarla como chica, mediana o grande.

Quiénes y cómo trabajaban

El agrónomo Sergio Riskin, referente de la Cooperativa de Productores Primeros Fruticultores de Roca y del Plan de Asistencia Integral (PAI), describe que en los años 30 la cosecha se iniciaba al alba. Hombres, mujeres y muchos niños enrolados como alcahuetes se repartían tareas: los más ágiles subían por largas escaleras entre ramas abiertas para cortar la fruta sin golpearla; otros la recibían en canastos; y la línea final —generalmente madres, tías y abuelas— se ocupaba del sizing manual. Una vez llenos, los cajones de 17 a 18 kilos se clavaban y apilaban en carros tirados por caballos o en los primeros camiones International que, tras sacudir el ripio de los 40 °C, llegaban al Mercado Central porteño.

En aquellos años, la sombra no era un lujo sino una condición de trabajo. Las ramadas —estructuras de palos y paja— o los sauces de ribera mitigaban temperaturas que superaban los 35 °C. Además, el follaje evitaba que la fruta se calentara y se manchara antes de tiempo. Esa sencillez contrastaba con el frenesí comercial: compradores como Salvador Liguori, que empezó con un puesto en Buenos Aires, recorrían chacra por chacra cerrando tratos al contado. El dinero fresco financiaba la siguiente temporada y encendía dinámicas de ascenso social que, en pocos años, permitieron a algunos puesteros convertirse en dueños de plantaciones y empaques.

Mercados, trenes y cooperativas

El negocio encontró pronto competidores de gran calibre. Distribuidora de Frutas Argentinas (AFD), de capitales ingleses, manejaba volúmenes importantes y fijaba condiciones que no siempre satisfacían a los productores locales. Esa tensión impulsó la creación de cooperativas, mientras los compradores independientes abrían rutas comerciales hacia pueblos de Río Negro, Neuquén, La Pampa y el Conurbano bonaerense. Al mismo tiempo, los trenes fruteros añadían vagones especiales que salían de Zapala cuando la cosecha en altura maduraba antes que la del valle, proveyendo a comensales capitalinos de un manjar tempranero.

Los embalajes de madera, adquiridos a los aserraderos Petrini y Rosina, acompañaron la expansión. Cada tapa llevaba el sello del productor y, más tarde, un sello fitosanitario que garantizaba determinada calidad, un atisbo de trazabilidad en tiempos analógicos. El crédito por esa innovación corresponde a técnicos como Juan Benedetti y la entrevistadora Susana Yappert, quienes documentaron el fenómeno en el blog “Bien de Regina”. Allí se detalla que firmas como Troyano, Petrocelli y Pancani compraban fruta en chacra y la despachaban por vagón frigorífico al Abasto porteño.

Fotografías que hablan

Quizá la imagen más emblemática sea la de un grupo de peones, con boinas y alpargatas, manipulando tablas y clavos sobre una manta de hojas verdes. El sol proyecta sombras largas y un niño —tal vez un aprendiz de cosechero— sostiene un rastrillo improvisado para arrimar fruta. La instantánea, exhibida en el Museo Ferroviario de Cipolletti, captura la convivencia de tecnología incipiente y esfuerzo humano. Los árboles, podados en vaso abierto, permitían adentrar escaleras de hasta cinco metros. “Hacía falta un ojo entrenado para no romper la rama ni golpear la pera”, recuerda Poblete.

Transformación tecnológica

El sistema cambió de raíz en los años 60, cuando irrumpieron los bins plásticos y las cámaras frigoríficas. José Saígg, gerente de la empacadora Valle Fértil Ltda., y Raúl Laino, de Fruempac SRL, registraron el avance: el productor ya no empacaba toda la cosecha a destajo. Podía guardarla en frío, clasificarla después con máquinas calibradoras y despacharla según los precios de mercado. El ahorro de mano de obra y la reducción de mermas fue tan grande que, en cuestión de años, más de 120 empaques mecanizados operaban a lo largo del valle. La contracara fue la paulatina desaparición de aquellos campamentos colectivos que habían hermanado a generaciones enteras.

Legado y memoria

Aunque la mecanización optimizó costos y extendió la ventana comercial más allá del verano, algo quedó en la nostalgia colectiva. Las jornadas al aire libre, los almuerzos a la sombra y las guitarras improvisadas entre montañas de cajones formaron parte de la identidad regional tanto como las acequias y los canales de riego. Para quienes vivieron esa transición, el recuerdo del primer embalaje de Peluffo funciona como bisagra entre dos épocas: la del trabajo comunitario y la de la industria integrada.

Impacto en la dieta nacional

No debe subestimarse el efecto que tuvieron aquellas primigenias cadenas de frío y transporte sobre la alimentación argentina. En los años 30 y 40, la mayoría de los hogares urbanos del centro y norte del país dependían de verduras de estación y escasa fruta fresca. El ritmo acelerado impuesto por el Valle permitió que manzanas y peras alcanzaran almacenes de barrio a precios accesibles, enriqueciendo la dieta popular y consolidando hábitos de consumo que hoy parecen naturales.

Comparaciones y retos actuales

Desde la óptica del siglo XXI, la rapidez con que la poscosecha se tecnificó recuerda la revolución que hoy encarnan la agricultura de precisión y los sistemas de blockchain para trazabilidad. Sin embargo, persiste el mismo dilema: equilibrar eficiencia y valor social. Así como las cámaras frigoríficas relegaron la labor familiar bajo los sauces, la robotización amenaza con suplantar cosecheros temporales. El desafío será generar capacitación e integración, evitando que la tecnología repita un desarraigo cultural que, visto a distancia, aún provoca melancolía.

Conclusión

La escena inicial de un puñado de hombres clavando cajones entre árboles frutales es, en definitiva, la semilla de la actual potencia frutícola patagónica. Allí confluyeron emprendimiento privado —la firma Peluffo y un puñado de compradores visionarios—, esfuerzo comunitario y una geografía que, irrigada, se volvió fértil. Comprender esa génesis no solo rinde homenaje a quienes abrieron surcos en el desierto sino que también ofrece lecciones sobre cómo la innovación, aun rudimentaria, puede desencadenar procesos de desarrollo duraderos. Bajo los sauces se empacó la primera cosecha; la historia demuestra que, cuando se combina ingenio con trabajo colectivo, el fruto siempre encuentra su camino.

Fuentes

  • https://www.rionegro.com.ar/rural/tiempo-de-cosecha-un-viaje-a-las-ramadas-bajo-los-sauces-para-embalar-directo-en-la-chacra/